Música del blog: Jaroussky ('"Si pietoso")

martes, 25 de septiembre de 2012

Estimular las dependencias no es amor

 


Las mujeres hemos sido educadas para satisfacer las necesidades ajenas antes que las propias hasta el punto de que podemos dejar aparte nuestro desarrollo personal y profesional en pos de un amor mal entendido. Porque no quiere quien convierte en dependientes a personas que pueden ser autónomas.

A falta de un relato apropiado para reflejar esta realidad he escrito uno yo misma.


La llamada

Siempre había soñado, en su soledad más íntima, con el trabajo de su vida. El que le permitiría dar cauce a un talento que ya le había sido reconocido, aunque no lo suficiente. 

Era pintora, pera se ganaba el sueldo con un empleo anodino. Su vida transcurría en una vieja oficina entre conversaciones tan previsibles como la monotonía zumbadora del ventilador que tremolaba a cada vuelta en el techo de la oscura estancia. 

Era la suya una existencia gris de lunes a viernes, siempre a la espera ansiosa del fin de semana para coger los bártulos y correr al río a reflejar el fulgor de sus aguas. 

Siempre la misma escena, sí, pero sólo en apariencia. Cada día tenía su viso especial, una sutil diferencia que poca gente aparte de ella era capaz de percibir. En aquella orilla se desplegaba cada fin de semana su verdadera vida y la saboreaba al máximo.

Un suceso imprevisto sacudió un buen día su tedio laboral. Una llamada le comunicaba que había ganado un premio muy importante y que debía presentarse en tres días a una ciudad al otro extremo del planeta si quería disfrutarlo. Le ofrecían una beca. Ganaría la mitad de su sueldo actual, pero eso era lo de menos. Al fin llegaba la oportunidad que siempre había esperado.

Corrió a casa sin despedirse de nadie. Buceó en Internet y compró el billete a su destino soñado. Metió ropa suficiente como para una semana en su maleta. La cerró, se sentó encima y, alterada pero satisfecha, voló con su imaginación hacia el futuro en aquellas tierras de las antípodas que sólo conocía de oídas.

La segunda llamada telefónica del día la trajo al presente. No reconoció el número y, contrariamente a su costumbre, descolgó por si se trataba alguna novedad sobre su futuro laboral inmediato.

-Hola Alian –saludó sorprendida al reconocer la voz de su ex pareja.

Habían roto hacía dos años. Y había ansiado durante largo tiempo su retorno, hasta que dejó de esperar.

-Te echo de menos –articuló la voz desde el auricular con el característico timbre metálico del sonido telefónico.

Ella respondió con un sollozo.

-¿Podemos vernos mañana? Te necesito –urgió la voz con expresiones tan automáticas como la cadencia de sus frases. Palabras que no por olvidadas y tópicas la dejaban indiferente.

Contempló su billete de avión impreso en un folio reciclado. Una lágrima cayó justo sobre espacio de la hora de salida y lo emborronó.

-¿Qué dices? –insistió Alian, vapuleando su silencio.

-Comeré, como siempre, en el 'Reloaded' –dijo ella, imitando sin proponérselo su tono maquinal.

Secó el billete con un labio y lo dobló cuidadosamente antes de guardarlo en el fondo de su bolsillo.











miércoles, 19 de septiembre de 2012

Las mujeres desperdiciamos nuestro talento


FOTO: JOHN DOE (www.sun-gazing.com)

Las mujeres hemos avanzado mucho, pero todavía pesan sobre nosotras siglos y siglos de tradición. Las costumbres nos imponen supuestas obligaciones que nos condicionan e hipotecan nuestra vida personal y profesional.

En un libro de la feminista mexicana Marcela Lagarde leí una frase que decía algo así como: las mujeres derrochamos toneladas de tiempo y talento en atender a gente que no lo necesita, personas que se pueden valer por sí mismas. Se refería a los maridos o compañeros y a los hijos e hijas.

Algunas lo hacen porque siempre lo han hecho y otras porque se supone que es lo que hay que hacer. El caso es que casi todas las mujeres acaban asumiendo que las tareas domésticas, la crianza de los hijos e hijas, las consideradas tradicionalmente “tareas femeninas” les corresponden a ellas. Y no se lo cuestionan porque simplemente nadie lo pone en duda a su alrededor.

Ayer mismo escuché a dos mujeres muy diferentes, la primera ama de casa, la segunda funcionaria de cierto rango, decir: “Mi marido no hace nada, si fuera ahora para rato me iba a pillar”, la primera. Y la segunda: “Aquí trabajan muchas mujeres, así que cualquier retraso en la hora de salida le afecta mucho porque ¿Quién recoge a los niños a la salida del colegio?”

Cada persona es única en su manera de ser, sus necesidades y expectativas. En suma, en su manera de ver y entender el mundo. Pero las mujeres soportamos, como colectivo, condicionantes que nos colocan en situación de inferioridad respecto al grupo de los varones: tenemos menos posibilidad de desarrollar nuestro talento y creatividad, y soportamos más estrés debido a nuestras muchas responsabilidades y ocupaciones.

En los talleres de coaching feminista que comenzaré a impartir en Durango y Abadiño hablaremos de estos temas y de qué puede hacer cada una, de acuerdo a su situación particular, para sobrellevar mejor esta presión.






lunes, 17 de septiembre de 2012

El aprendizaje no es sabiduría

Acumular conocimientos no nos hace personas más sabias. Una visión profunda de la realidad sólo puede conseguirse con una mente libre de prejuicios. ¿Es esto posible? Lo es, pero hay que ejercitarse. El Minfulness (atención plena) es un buen sistema.

 “El maestro era partidario tanto del aprendizaje como de la sabiduría. 

 -El aprendizaje –contestó cuando los discípulos le preguntaron- se adquiere leyendo libros o asistiendo a conferencias.

-¿Y la sabiduría? 


-Leyendo el libro que cada cual es.

Y como si acabara de ocurrírsele añadió: “Claro que no es una tarea fácil en absoluto porque cada minuto del día supone una nueva edición del libro”. 


También hay que saber leer el libro que las otras personas son e igualmente se va actualizando a cada minuto. 



jueves, 13 de septiembre de 2012

Damos demasiadas cosas por supuesto




Uno de los motivos por los que no aprendemos de la experiencia es que damos demasiadas cosas por supuesto. Contemplamos la vida con nuestra particular galería de creencias y prejuicios y apenas dejamos espacio para la sorpresa. ¡Cuando resulta que todo es nuevo en nuestra experiencia! Cada segundo, cada persona nos aporta una primicia. Cada día tiene su afán.

Hay gente que parece estar de vuelta de todo. Que picotea aquí y allá buscando la última moda en lugar de profundizar en algo. Esto es más cierto aún cuando de lo que se trata es de ahondar en la propia vida. Prefieren correr en todas las carreras y formar parte del pelotón que entrenarse para ganar una sola a base de aumentar su fuerza y rendimiento, y de depurar su técnica.

Llevando este símil al campo de la salud y de la meditación Mindfulness, aprecio a bote pronto dos clases de actitudes: la de quien no tiene la disposición a aplicar el mínimo esfuerzo ni disciplina personal para mejorar su estado físico-psíquico-emocional-espiritual a menos que se encuentre en peligro de muerte, y la de personas que son como pepito grillo y parecen saberlo todo antes de dejar explicarse a quien tienen en frente.

Si conocen la “mecánica” de un ejercicio o disciplina dicen: “Eso ya lo sé” ¿Seguro que “sabes” eso que te propongo o lo que “sabes” es eso que a ti te resulta tan familiar y automático? ¿Qué resultados has obtenido hasta ahora con tu particular método? ¿En qué ha mejorado y transformado tu vida esa práctica que ya crees conocer al dedillo?

Esta forma de ver las cosas me recuerda a quienes piensan que llevan una vida religiosa porque van a misa o rezan el rosario. No dudo de que haya personas que lo consigan con estos sistemas. De hecho, “el hábito no hace al monje”, pero el rito sí hace la devoción. Pero, y esto es lo importante, ¿se puede ser una persona religiosa sólo moviendo la boca para pronunciar las plegarias y olvidándose de todas las buenas intenciones una vez de que se sale por la puerta de la iglesia?

¿No será necesario también poner por obra actitudes que nos hagan acercarnos cada vez más a nuestra auténtica esencia humana, es decir, a nuestro centro personal unificador e integrador? ¿No hará falta vivir en un estado de alerta y conciencia permanente para contrarrestar las fuerzas que se oponen a todos nuestros buenos propósitos?

Pienso que no hay otra forma que cultivar este tipo de actitudes para llegar a ese lugar en el que sabemos quiénes somos de verdad. Y dicho recorrido excluye cualquier camino trillado. No hay casi nada conocido que nos lleve a él. Muchas veces hay que caminar en la oscuridad. Pero para alcanzarlo es imprescindible contemplar todo lo que ocurre dentro y fuera de nuestro yo con mente de principiante.




 

jueves, 6 de septiembre de 2012

¿Cómo es la vida que soñamos?

http://tammyvitale.com/when-wylde-women-dream/

Llega septiembre y las malas noticias (económicas) se suceden. Parecemos presos y presas de determinismos que nos avasallan. Veo en las noticias que hay gente preparando “bunkers” y programas de supervivencia porque está convencida de que se avecina el fin del mundo. De que llega ya.

Quienes se preocupan por contingencias más inmediatas, se preguntan si tendrán que trabajar más cobrando menos, si podrán pagar sus hipotecas. En caso de encontrarse en una situación desahogada, se aprietan el cinturón un poco más, contienen la respiración, y a esperar tiempos mejores.

Esperan que alguien les “rescate” (la ‘troika’ o quien sea). Pero de moverse, nada de nada. Como si no supieran que tenemos temporal para rato y que esto no hay quien lo solucione. Bueno, alguien sí: una/o misma/o.

Desde el momento en que dejamos en otras personas o entes el control de nuestras vidas, nos convertimos en siervos/as.

Y aun en estos tiempos seguimos siendo esclavas/os de cosas tan ridículas como las modas. El otro día escuché con estupefacción en una librería pedir un libro determinado porque todo el mundo lo había leído y hablaba de él. Esto no hubiera llamado mi atención si la clienta lo hubiera solicitado con interés, curiosidad… Pero qué va: lo hacía con el desagrado de quien cumple con un deber penoso pero ineluctable.

En estos tiempos que invitan a la reflexión, pensemos un poco en cómo vivimos nuestra vida. Si pudiéramos elegir, ¿Seguiríamos así? ¿Trabajaríamos de esta forma? ¿Nos rodearíamos de la gente con la que convivimos? ¿Cómo es la vida que soñamos?

Pues bien, elijamos. Está en nuestras manos. No dejemos que nadie decida por nosotros/as.