Música del blog: Jaroussky ('"Si pietoso")

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Decide o alguien lo hará por ti


Tomar decisiones es algo complicado a veces, pero imprescindible. Hay que tener en cuenta las circunstancias propias y las de las personas o cosas a las que vayamos a afectar.

En ocasiones, da la impresión de que si no hacemos nada mantenemos el equilibrio. Lo pensamos incluso cuando nuestra armonía está en precario.  Navegar las olas de nuestras tempestades nos resulta tan familiar que nos imaginamos que cualquier viraje hacia aguas más tranquilas puede alterar nuestro ‘statu quo’. Entonces nos autoconvencemos de que estamos bien así, aunque nos encontremos a punto de ahogarnos.

¿Por qué ocurre esto? Porque no sabemos manejar la incertidumbre o porque no somos capaces de conectar con nuestras emociones. También porque tememos el conflicto. Todo ello impide decidir, avanzar hacia alguna parte.

¿Y qué pasa cuando no decidimos? Pues que alguien lo hace por nosotros/as. Fijémonos en la cantidad de gente que se queja de que su vida está manejada por terceras personas o por algo tan difuso como las circunstancias. La solución no es otra que disponer ellas mismas sobre sus necesidades, propósitos y acciones.

Pero para ello, naturalmente, hay que saber remover esos obstáculos que acabo de comentar. Es preciso tener capacidad de manejar la incertidumbre y el conflicto, y sensibilidad para conectar con nuestro estado emocional.

La mejor o peor desenvoltura en estas habilidades depende del carácter y el temperamento. Pero se pueden trabajar y mejorar con interés y una cierta disciplina.


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viernes, 25 de noviembre de 2011

Cómo ayudar a las personas en sus dificultades

Foto: Eduardo Plaza Noya
El coaching no es nada nuevo. Es el acompañamiento que se ha practicado toda la vida de modo informal, pero convertido ahora en disciplina, con su metodología, sus herramientas y sus estilos.
Los maestros en el acompañamiento han sido tradicionalmente los jesuitas, que se han dedicado a forjar espíritus durante siglos y, últimamente, sobre todo a modelar vidas, aunque es difícil marcar el límite entre vida y espíritu, pues están en estrecha relación.

Cuento esto porque ayer tuve el placer de charlar con uno de ellos por motivos profesionales. Le hice una entrevista con motivo de un premio –uno más entre otros muchos- que le acaban de conceder. Se trata de Juanjo Moreno, un hombre que ha dejado huella en el pueblo, en Durango (ahora vive en Tudela), por las numerosas iniciativas que ha impulsado, pero sobre todo por la muchísima gente a la que ha ayudado a dar lo mejor de sí.

El, que no es coach, sabe mucho de esto, porque el coaching trata precisamente de aquello en lo que él es diestro: ayudar a otros/as  a configurar la mejor versión de sí mismos/as.

Me decía que cuando se quiere ayudar a alguien a superar sus dificultades, hay que reforzarle siempre sus aspectos positivos pidiéndole continuamente que dé ese pequeño paso hacia la mejora que es capaz de dar. Naturalmente, la persona tiene que tener la certeza de que confías en sus capacidades. Así adquirirá seguridad en sus competencias y entonces podremos pedirle voluntad en aquello en lo que es menos hábil y se esforzará por responder.

Excelente síntesis de lo que es la relación de ayuda, a cargo de un maestro con décadas de experiencia como profesor-tutor, como entrenador y promotor del baloncesto local, como responsable de un centro de acogida a inmigrantes y tantas otras facetas suyas.

La diferencia con el coaching es que él ha podido forjar esa confianza en el contacto cotidiano con las personas, mientras que en la práctica de esta disciplina nos valemos de unas herramientas y unos ejercicios que ayudan a acelerar los progresos entre una serie de sesiones intermitentes. Aunque, naturalmente, el proceso no se acaba cuando se dejan de aplicar las técnicas. Lo que la persona ha descubierto sobre sus capacidades le sirve para toda la vida.


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martes, 22 de noviembre de 2011

Dos opciones ante la crisis

Estamos en crisis. Parece que sin remedio y por algún tiempo. Y tenemos dos opciones: lamentarnos y asustarnos, o intentarle sacar provecho a la situación.

Analicemos este veredicto: “La comodidad es el cementerio de la conciencia” (Sri Adi Dadi). Como asegura ese manido adagio que cloquea cada cierto tiempo y viene a martillearnos ahora de nuevo, las crisis son momento de oportunidades. De despertar la conciencia individual y social.

Cuando todo parece ir bien, no se siente la necesidad de cambiar. Tiene que ocurrir algo que nos agite y nos remueva; que nos desinstale de la rutina. Los hábitos son el principal enemigo del cambio, dice un máxima de la PNL.

Las crisis, cuando decidimos afrontarlas con valentía, exigen caminar sobre ascuas con la respiración contenida sin escatimar el alto coste personal que ello supone en voluntad y determinación para construir (o reconstruirnos) sobre las ruinas que, como huracanes, las dificultades dejan a su paso.

Lo bueno es que el esfuerzo contiene en sí la propia recompensa: llegar al final del túnel nos abre a nuevas perspectivas, eleva nuestra conciencia (o la conciencia colectiva) a un plano superior donde los horizontes son mucho más amplios y los muros se convierten en ladrillos con los que podemos comenzar a edificar de nuevo.


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jueves, 17 de noviembre de 2011

Las emociones negativas son como perros rabiosos

"Susto de un toro por un perro rabioso". DIEGO ISAIAS HERNANDEZ (pintor guatemalteco)

Dicen que cuando un perro rabioso detecta el miedo de una persona, lo más seguro es que le muerda. Para hacerle frente, conviene quedarse firme como un árbol, con los brazos pegados al cuerpo y, si el ataque se produce, lo mejor es cerrarse en ovillo, a modo de erizo, protegiendo las zonas más vulnerables.
 
Así funcionan también emociones paralizantes como el miedo, el dolor, la tristeza o la vergüenza. Cuanto más violentamente reaccionamos ante ellas, más fuerte es el ataque que nos devuelven. Cuanto más nos esforzamos por alejarlas de nuestras vidas, más se obstinan en estar presentes. Como una pelota lanzada con fuerza contra la pared de un frontón que vuelve y nos golpea a traición en cuanto le damos la espalda: efecto ‘boomerang’.
 
Lo mismo que con un perro con ganas de pelea, lo mejor que podemos hacer con este tipo de emociones es sentirlas, aguantarlas, proteger nuestros flancos débiles y trascenderlas o, en su caso, hacer lo posible por ignorarlas. Sólo así perderán fuerza y acabarán desvaneciéndose. Es casi seguro que vuelvan a visitarnos, pero al menos nos procuraremos una tregua que nos permitirá hacernos un poco más fuertes.
 
Como sentencia un, para mí, tan brillante como pesimista bloguero (Sebastián Agulló): “La existencia huele la fortaleza de quien le mira con desdén”.


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lunes, 14 de noviembre de 2011

Cuatro preguntas para un cambio

El miedo es nuestro principal obstáculo cuando nos enfrentamos a cualquier cambio en la vida. Sobre todo si el paso que vamos a dar entraña riesgos y más aún si lo que ponemos en juego es importante o nos ha costado mucho conseguirlo. Por ejemplo, la seguridad económica.

No cabe duda de que ante una decisión de esta trascendencia hay que medir bien los pasos, prever las consecuencias y escoger el momento oportuno para lanzarse. Toda prevención es poca.

Sin embargo, a veces la prudencia se confunde con el desánimo cuando quien se erige en consejero es el saboteador o saboteadora que vive en nuestras cabezas. Podemos ser presas entonces de temores infundados o fantasmas que si no son conjurados nos pueden llevar fácilmente a desistir de nuestros mejores propósitos.

Un buen antídoto es hacerse cuatro preguntas que nos aclaren el escenario en que nos movemos y las posibles perspectivas. Son las siguientes:

-Si me lanzo al cambio previsto, ¿qué es lo mejor que me puede pasar? ¿Qué es lo peor que me puede pasar?

-Si me quedo como estoy, ¿qué es lo mejor que me puede pasar? ¿Y lo peor?

Respondiendo a estas sencillas cuestiones de forma realista tendremos una visión más objetiva acerca de las posibilidades que las distintas alternativas nos ofrecen.




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jueves, 10 de noviembre de 2011

Comprometerse es imprescindible para prosperar


Prosperar en cualquier reto que se emprenda en la vida pasa por el compromiso. Imaginemos una relación de pareja donde sus componentes no se sienten comprometidos. ¿Qué ocurrirá? Cada quien hará más o menos su vida y apenas actividades en común. El vínculo se irá debilitando y un pequeño tropiezo supondrá un terremoto que puede acabar quebrando la confianza mutua tal vez de forma irreversible. En cambio, si se sienten comprometidos compartirán el máximo de su tiempo (siempre respetando la autonomía y personal) y sentirán un respaldo y comprensión mutuas que casi nada podrá perturbar. Con lo cual, de paso, todas sus energías podrán concentrarse en afrontar los desafíos que la vida les presente.

En cualquier proyecto la mecánica es la misma. ¿Cuál es el primer paso? Compromiso, porque el compromiso permite concentrar en la idea el esfuerzo y determinación necesarios para materializarla. En estas condiciones, es muy difícil que no prospere. Pero si así fuera y cuando lo hemos dado todo, ¿qué más podemos hacer? Al menos, nos quedará la tranquilidad de haber hecho lo que estaba en nuestras manos y mantendremos intacta esa capacidad de esfuerzo y compromiso para ponerlas al servicio del próximo reto.


La cuestión ahora es cómo entablar un compromiso. A mi entender, no hay otra forma que hacer un acto racional de asentimiento, una vez sopesado lo que el paso que vamos a dar aporta a nuestra vida y a nuestro desarrollo como personas. Se trata de decirnos: “Esto es lo que quiero, esto es lo que me da estabilidad y me permite crecer, lo hago mío, adelante”.  ¿Y qué pasa con el corazón? Acabará alineándose con la razón si es que no lo ha hecho de antemano.  

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martes, 8 de noviembre de 2011

Todo pensamiento causa una reacción física



Esta es la primera de las ocho reglas de la mente, cuyos orígenes se pierden en la historia de la Programación Neurolingüística (PNL).

Todo pensamiento causa una reacción física. En efecto, imaginemos que sentimos hambre y nos representamos mentalmente un plato de nuestro gusto. Lo más probable es que comencemos a salivar. Pensemos en algo que nos agrada intensamente. Inmediatamente notaremos sensaciones placenteras en distintas zonas de nuestro cuerpo. Evoquemos, por el contrario, en una situación enojosa. Las tensiones se harán presentes.

Esto no tendría mayor interés si no fuera porque a un estímulo le sigue siempre una misma reacción cuando es consecuencia de una experiencia emocional intensa. Y es que si el impacto es muy fuerte, ese reflejo queda grabado en el inconsciente y se reproduce cada vez que nos encontramos ante el mismo mecanismo disparador.
 
Ante una preocupación, lo más habitual es que sintamos una sensación desagradable en el estómago. Si la inquietud es constante, se produce una tensión que a la larga puede superar nuestro límite de estrés tolerable y causarnos una úlcera o algo peor. ¿Y todo por qué? Porque nuestro cerebro no conoce otra manera de reaccionar ante ese estímulo.

La solución pasa por ‘reprogramarnos’ para dotar a nuestro inconsciente de otras posibilidades que neutralicen la reacción causa-efecto habitual. Podemos enseñarle, por ejemplo, a mantener la calma en medio de las turbulencias.


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viernes, 4 de noviembre de 2011

Intenta manejar tus emociones negativas




Las emociones son impresiones que emite el cuerpo para identificar nuestros estados de ánimo y comprendernos mejor. Pero son sólo eso, señales. Nosotros no somos la emoción, aunque frecuentemente se confundan ambas cosas, ser y emoción, hasta el punto de no saber dónde termina uno y comienza la otra.

Las sensaciones que recorren nuestro cuerpo representan una inteligencia complementaria a la que aporta la razón. Nos revelan qué situaciones o actividades favorecen nuestro bienestar. Por eso es importante observarlas. Pero más importante aún es examinarlas con frialdad, con interés científico. Tratar de esto modo con las emociones nos ayudará a ‘encajar’ mejor los momentos negativos.

Para ilustrarlo, pongamos un ejemplo: Te levantas de la cama un poco aturdida y con prisas, como todas las mañanas, y de repente te golpeas en una parte del cuerpo con el ángulo de un mueble. Sientes el dolor, contienes la respiración pero sigues inspirando y espirando, mientras tu mente se centra en los asuntos urgentes.

Traslademos esto ahora a otra situación. Estás en una cafetería charlando con tu pareja y te dice que le resulta muy difícil convivir contigo. Te tensas, una dolor te atenaza el pecho. Te sientes amenazado/a. La emoción invade todo tu ser y tu mente anticipa situaciones que desconoces si se van a producir, cayendo en una espiral de angustia... hasta que símplemente dejas de escuchar.

¿Qué hacer? Bien, puedes actuar como en el caso anterior. Respira hondo, siente lo que sientes y al mismo tiempo escucha con atención. Quizás lo que te está diciendo tu pareja te haga comprender por qué piensa como piensa. Después, si mantienes la calma, podrás exponer tu punto de vista y quizás atenuar ese malestar, y quién sabe si hasta acabar transformándolo en una vivencia positiva.

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martes, 1 de noviembre de 2011

¿Dónde está el límite entre la vida y la muerte?



Aprovecho que hoy se celebra la festividad de Todos los Santos para hacer algunas reflexiones sobre la muerte. Esa realidad que la sociedad se empeña en ignorar, según se dice, a pesar de que nos rodea por todas partes: vidas que se acaban por un proceso natural, vidas que son arrebatadas violentamente…

No sé si se rechaza o no la muerte, pero es evidente que suscita un temor generalizado. Quizás porque es mal o poco comprendida. La mayoría de las personas piensan que el vivir es un estado y el morir otro; que se pasa abruptamente de uno a otro, como en un salto al vacío, y que hay un muro que los separa.

Yo prefiero pensar que la vida y la muerte son un parte de mismo proceso. Que empezamos a morir en el mismo instante en que nacemos y lo vamos haciendo de forma imparable hasta que el espíritu deja de animar nuestro organismo con el último aliento. ¿Morir es sólo tomar el último aliento y quedar bloqueados como un viejo mecanismo por una avería irreversible? Me parece muy poca cosa ante algo tan trascendente.

Morimos también muchas veces a lo largo de las etapas de nuestra existencia. Cada vez que cambiamos de mentalidad, de oficio, de estudios, de estado sentimental, de ciudad. Entonces, algo que ya no volverá a ser se queda en el camino. Igual que ocurre cuando nuestro auténtico yo emerge un poco más para desprenderse de lo engañoso y superficial.

Por último, ¿dejamos de vivir cuando entramos en situación de encefalograma plano? Para las tradiciones religiosas, vivimos antes de nacer y lo hacemos después de morir. ¿Qué sentido tendría la muerte, entonces? Precisamente, buscarle sentido a la vida. Saber vivir y conjugar la provisionalidad con la permanencia, la finitud con la eternidad, lo importante con lo nimio, lo que nos aflige con lo que nos hace felices.

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